CUADERNOS DE VIAJE - HIGHWAY 61, THE BLUES HIGHWAY Vol. 3 Clarksdale y mi pacto con el Diablo

Una vez instalados en la nuestra cuca cabaña Pinetop Perkins, una donación que hizo el magnífico pianista al Shack Up Inn en recuerdo a su paso durante la 2ª Guerra Mundial como conductor de máquinas de recogida de algodón, decidimos no quedarnos mucho rato allí y nos fuimos de vuelta a Clarksdale en busca de marcha, o mejor dicho en busca de Blues. Creo recordar que era miércoles y algunos Juke-Joints solo habrían de jueves a domingo así que nos informamos de cuáles estaban abiertos y nos dirigimos directos a orillas del río Sunflower, donde se encontraban el Red’s y el Ground Zero, los dos más importantes y con más prestigio de la ciudad, donde han tocado los más grandes músicos recientes del género. Nos decantamos por el segundo, el Ground Zero, quizá por la peculiaridad de que era el garito que había abierto años atrás el actor y empresario Morgan Freeman, un enamorado también del Blues.



Había caído la noche hace rato ya y cuando nos dirigíamos a aparcar en un desangelado parking de la zona, nos cruzamos con un tipo conduciendo de cualquier manera un 4x4 y con el cuál estuvimos a punto de chocar. Bueno, he de reconocer que yo también iba un poco rápido, quizá la culpa hubiera sido de los dos... El tipo me dijo desde su ventanilla algo que no reconocí pero que no sonaba muy bien. Le esquivé y me fui a estacionar lo más cerca que pudiera del bar, no queríamos problemas. Una vez estacionados mis amigas bajaron emocionadas rápidamente a hacerse unas fotos en la puerta del garito y yo me quedé cerrando bien el coche y sacando mi cámara de fotos analógica del maletero. En estas que noto como se aproxima un vehículo por detrás y se para a un par de metros de donde estaba yo. Me giro y era el mismo tipo de antes, no me lo podía creer. “Come here, you man, come here”, me dijo. Me acerqué pero no me fiaba un pelo. Era de noche, en un parking medio abandonado, con poca luz y, una vez lo observé mejor, era un individuo muy raro y en un claro estado de embriaguez. Esa fue mi primera imagen de él, la segunda fue de lástima. El interior de su coche era un estercolero, lleno de latas vacías, colillas por todos lados y recortes de revista. Él era muy mayor, afroamericano, desdentado, esquelético e iba vestido con un chaleco rojo de artista, ¿un viejo bluesman en el olvido? empecé a pensar… Su acento fuertemente rural, junto con su borrachera, el pitillo en la boca y la ausencia de dientes dificultaba mi entendimiento pero empezó a preguntarme que qué hacía yo allí, un blanco europeo en Clarksdale. Le dije que era un

apasionado del Blues y que queríamos disfrutar de una buena hamburguesa, una cerveza bien fría y uno con de buena música, nada más, y le volví a pedir disculpas por el encontronazo de antes. “Forget about this, man, listen” me dijo. Entonces rebuscó entre los recortes de las revistas y me empezó a explicar quién había sido, un verdadero bluesman que aparecía en revistas, programas de radio y tocaba en garitos como el Ground Zero cada noche, incluso sacó un disco de su guantera y orgullecido me lo ofreció. Yo lo escuché con atención pero no quería su disco, me sabía mal su generosidad y además no le creía demasiado. El tío tozudo seguía insistiendo y me dijo que tenía que oír al viejo “Razorblade” y llevarme su música a mi país, antes de que fuera leyenda y desapareciera como han hecho casi todos los bluesmen de su generación. Así que acepté el regalo y intenté agradecerle el detalle con un billete de 10 dolares. No lo aceptó de ninguna manera, arrancó su viejo 4x4, dio media vuelta y desapareció. Me quedé unos segundos pensando en lo que me había sucedido y que nadie más había presenciado, mientras al fondo del parking y bajo una débil farola se adivinaba un grafitti del mismísimo Robert Johnson. ¿Se me habría aparecido el Diablo a mí también? Volví a dirigir la mirada hacia el misterioso vehículo pero ya no había ni rastro, la única prueba era el CD que tenía entre mis manos, totalmente negro con unas inscripciones ilegibles en el medio.


To be continued… Miguel A. Cruz



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